Talleres de escritura y lectura en Canet

27 diciembre 2008

El hueco de la fosa

Archivado en: José Manuel Pedrós — martasalvadorvelez @ 6:01 pm

No sé qué decir. Mi interior se encuentra en un estado decrépito y ajado, porque después de dos días de incertidumbre y desasosiego no he llegado a encontrar una salida airosa a tanto abatimiento. Podría decir que algo oscuro y tétrico me araña las entrañas con la fuerza de un tifón violento y despiadado, pero no es eso exactamente. Quizá aún tengo los nervios tan a flor de piel, que mis manos se han agarrotado, como si se hubiesen paralizado, y mi corazón palpita por encima de lo aconsejable, como si hubiese concluido una agotadora maratón. Dos días sin dormir apenas son capaces de causar estragos incontrolables. Debo de reponerme, es imprescindible, pero no sé cómo. Espero que, quizá, aún sea pronto para encauzar mis sentimientos por el sendero más adecuado, porque, en realidad, sólo hace dos días que mi última amante, a la que con tantas esperanzas había abrazado, me dejó mis cosas tiradas de mala manera en la puerta de su casa y de una forma airada me dijo que no volviera más. ¿Qué haré ahora? No estoy dispuesto a empezar una nueva relación sin más. Ya no tengo edad para estar cada día en la cuerda floja del dilema, de la desconfianza y de la duda. Quiero asentarme, echar raíces, y que el tronco cobre vigor para que las ramas se multipliquen y las flores se entremezclen en una primavera espléndida que dé paso a un verano fructífero. Podría volver de nuevo, llamar a su puerta y pedirle perdón, aunque, quizá, esto sea algo inútil, porque, en realidad, no sé exactamente qué es lo que me debe de perdonar. Fue algo tan repentino, que sospechar las causas se me antoja un dilema incapaz de averiguar, algo que puede superar mis conocimientos más enraizados, mi más poderosa raigambre. Quizá mi estabilidad emocional no sea tan segura como yo sospecho. Quizá la fortaleza de espíritu que parezco tener es sólo el producto de una inseguridad interior que me resisto a aceptar, y la apariencia de algo de lo que carezco es lo único que soporta una base real. Quizá sólo soy un producto de mí mismo, y cuando se ha convivido un tiempo conmigo y se descubre un ego vacío y una autoestima inexistente se ve que nada es capaz de mover las piezas de ese engranaje huero, que a la postre sólo va a comulgar con lo más negativo de una existencia necia y superficial, y esa esterilidad sea lo que hace que la gente se apiade de mí, se fije en la débil estructura que me sustenta y quiera apoyarme con su cariño o con su amistad; pero cuando se ha pasado un tiempo a mi lado y se observa ese carácter negativo y hosco, se comprueba que lo hermético nunca llega a abrirse a la ilusión y a la alegría; y convivir con una persona así puede convertir cualquier vida en drama, cualquier esperanza en decepción y cualquier regocijo en servidumbre de la desdicha, y eso sea lo que hace que al final se me destierre y se me aísle, o que se produzca, inevitablemente, la indiferencia, que me hace volver a la soledad. La soledad, ¡ah!, esa extraña cosa a la que siempre le he tenido un miedo atroz, pero que, en definitiva, ha sido la única que siempre me ha acompañado: mi amante más fiel.

21 diciembre 2008

El deseo de Navidad

Archivado en: Estela Asensio — martasalvadorvelez @ 10:06 pm

Cuando se iban acercando estas fiestas, su madre siempre le preguntaba:
 - ¿Qué quieres que te regale para Navidad?
 Marina le respondía todos los años lo mismo:
 - Lo que yo quiero no se puede comprar con dinero.
- Ni se compra ni se vende el cariño verdadero- le decía mamá.
Marina nunca se lo había dicho a su madre, pero no le gustaba que le dijera eso, a pesar de que tenía toda la razón del mundo.

Ya entradita en los 30, a Marina le gustaba mucho la Navidad y siempre tenía la esperanza de que la magia de estas fiestas, le trajera lo que tanto ansiaba desde hacía tiempo.
La magia de la Navidad; siempre se olvidaba de ella.
Pero Marina nunca perdía la esperanza, quizá en su próximo cumpleaños, al apagar las velas, su deseo se hiciera realidad.

18 diciembre 2008

Navidad 2008

Archivado en: José Manuel Pedrós — martasalvadorvelez @ 5:35 pm

Aquí, en esta sociedad que cada día nos obliga a luchar para demostrar que somos los mejores, y nos seduce para tenerlo todo, a menudo nos olvidamos de los que tenemos junto a nosotros, esos de mirada suburbial, piel extraña o país anónimo, que sólo luchan para seguir estando ahí, porque lo perdieron todo o porque nunca tuvieron nada.

Aquí, donde cada día tenemos que seguir demostrando nuestra hombría, en una sociedad que a menudo desprecia la sensibilidad, el altruismo y la espiritualidad, por creer que sólo el fuerte acampa y que sólo lo material nos alimenta, nos olvidamos muchas veces de la generosidad y de la tolerancia que les debemos incluso a aquellos que a diario nos avasallan y nos menosprecian; porque aquí es donde tenemos que vivir todos, olvidándonos de viejas rencillas, dioses silentes y rancios rencores que la política, la religión, la cultura y la sociedad cada día promocionan y fomentan.

Que sólo sea eso la Navidad: El vehículo por el que todas nuestras virtudes transporten cada día hacia los demás la paz y la alegría que todos necesitamos, para que todos nos sintamos hermanados por los mejores principios sin tener que renunciar a nada y sin tener que demostrar cada día que somos los mejores o que somos únicos.

10 diciembre 2008

Ciclo

Archivado en: José Manuel Pedrós — martasalvadorvelez @ 8:46 pm

PRIMAVERA

Amanece en tu pelo la flor de la juventud.
Hojas verdes y pétalos blancos de pureza
anidan en tus células.
Irradian alegría tus ojos brillantes
mientras cantan los jilgueros de colores
que tu magnetismo buscan.
Todo es mañana hasta el mediodía.

VERANO

Empieza tu fruto a madurar,
los pétalos cayeron.
La sangre empieza a perder revoluciones
y el motor se ajusta a su compartimento.
La sensatez rellena poco a poco
todos los poros de tu piel.
Llega la tarde.

OTOÑO

Caen lentamente las castañas y los higos.
Empiezan a crecerte alrededor retoños.
La savia joven quieres renovar,
pero el brío de tus nervios alejarse ves.
La juventud pasó hace tiempo,
y la espalda te vuelven tus hojas secas.
Empieza a oscurecer.

INVIERNO

La nieve cae sobre tus cabellos grises,
tiñéndolos por completo de luminoso blanco.
Tus manos se asemejan a sarmientos arrugados,
y los impulsos del corazón
debilitan tus pasos.
Tu voz lejana, callada se torna.
Anocheció tu vida. La tierra te espera.

8 diciembre 2008

Seguimos adelante

Archivado en: Taller — martasalvadorvelez @ 8:51 pm

Hemos terminado el taller presencial de escritura creativa. Pero ha sido tan fructífero que todavía tenemos textos para publicar, comentarios que hacernos y muchas más cosas que decirnos. Además, en enero nos encontraremos en el Club de lectura en la biblioteca de Canet. Aquí van algunas fotos del taller.

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6 diciembre 2008

El lavadero

Archivado en: Mª Luisa Muñoz — martasalvadorvelez @ 11:52 am

La mañana del día de Nochebuena amanecía fría y hambrienta. Hambrienta de acción, de compras, de gente moviéndose por las calles, de víctimas en suma. Clara salió de su casa temprano con su hijo Pablo -de tan sólo dos años- colgado de su cuello, tan tapado con la gruesa bufanda de lana y el gorro con borla tejido por la abuela que apenas se le veían sus pequeños ojos somnolientos. Bajó las escaleras rápido y dando grandes zancadas, tanto que los tacones de sus botas resonaron en los pisos superiores de la finca. En su cabeza se amontonaban las ideas, los regalos y las tiendas que debía  visitar para preparar la gran cena de Nochebuena. Estrenaba piso -un magnífico duplex de 150 metros cuadrados con suelo de parquet natural- y a su marido y a ella les iban bien las cosas. Esta vez, no podía escaparse: la cena de Nochebuena sería en su casa.

Pero Pablito no parecía dispuesto a colaborar demasiado con su madre. Nada más arrancar el coche de su marido- el de Clara permanecía en el taller por un estúpido encontronazo- comenzó a llorar y a dar patadas en la confortable sillita perfectamente adecuada para él. De nada le sirvieron los muñecos de colores que tenía por todos lados al alcance de su mano: ni el CD de canciones infantiles que tronaba por los cuatro altavoces del vehículo ni las carantoñas de su madre por el espejo retrovisor conseguían calmarle. “Menos mal que todos los niños tienen abuela” pensó Clara mientras escuchaba los gritos de su hijo parada en un semáforo.

-“Pero últimamente he estado muy poco tiempo contigo, Pablo, hoy no te vas a quedar con la abuela, ya verás que bien lo vamos a pasar los dos juntos, te enseñaré las luces de Navidad, los renos y los muñecos de nieve. Los escaparates de las tiendas están preciosos ahora y tú te vas a portar como el niño bueno que eres en realidad”- dijo bajando la música para ver si escuchando su voz conseguía detener el enfado.

Clara conduce por la avenida con una tranquilidad aparente pues los llantos del niño no habían cesado. Paula, la madre de Clara, los está esperando en la próxima esquina para quedarse con Pablo, su único nieto. Como vive muy cerca de ellos aprovecha cualquier oportunidad para estar con él. Tanto es así que Clara comienza a sentirse algo incómoda con la sensación de que su madre le fiscaliza la vida. Eso unido al erróneo sentimiento de culpabilidad que tienen no pocas madres trabajadoras, hace que tome la decisión de llevar a su hijo con ella toda la mañana de compras.

Clara ve a su madre en la esquina y acerca el vehículo subiendo dos ruedas encima de la acera. Paula se deshace en piropos y elogios cuando ve a su nieto perfectamente asegurado en su sillita, con la bufanda y el gorro que ella misma  ha tejido. Clara le comunica la decisión que ha tomado. Quiere estar con su hijo esa mañana a toda costa. No va a dejarse convencer otra vez por su madre. Tiene que aprender a mantener firme su criterio. Esta vez no va a ceder. Paula le dice que se equivoca, que no sabe lo que hace. Discuten. Veinte minutos de discusión son suficientes. Clara no sabe qué hacer. Vacila unos instantes, mira al suelo y luego a su madre directamente a los ojos, sube al coche y retira el CD de canciones infantiles que venía escuchando con Pablo. En cuestión de segundos arranca el coche y sale disparada sin despedirse de Paula. Es la mañana del día de Nochebuena y tiene mucho que hacer. Cuando consigue calmarse un poco comprueba que el coche de su marido está hecho una pena, los cristales sucios, llenos de barro y salpicaduras. “Si ya no se sabe ni de qué color es. ¿Y por qué nunca limpia mi marido el coche?”- se pregunta Clara. Antes pasaré por el lavadero, no sé cómo puede conducir así, hasta los tiradores de las puertas tienen barro incrustado. Si no lo lavo hoy voy a ser yo la que acabe hecha una pena”.

En la próxima rotonda aparece el desvío hacia el lavadero. El empleado ya la conoce. Siempre es Clara la que lleva a limpiar los dos coches: el de ella y el de su marido. Pero hoy Clara no conduce a gusto. Prefiere llevar su coche: el de su marido es un tanque, demasiado grande para ella. Maniobra con cierta dificultad y consigue introducir las dos ruedas delanteras en el mecanismo de la cinta transportadora. El empleado levanta el pulgar de la mano derecha. Clara suspira porque al fin lo ha conseguido. Ella permanece en el interior del vehículo.  Piensa que es maravilloso estar dentro, a salvo del agua fría, de la espuma que cae, mientras los rodillos hacen su trabajo y puede verlo todo protegida tras los cristales.

Los cilindros, gigantes y azules, giran alrededor de sí mismos a gran velocidad al mismo tiempo que el coche de Clara es engullido por el mecanismo de la cinta transportadora. Por primera vez se siente pequeña e indefensa dentro de la gran máquina. Desde su asiento mira hacia arriba y ve los engranajes de los cepillos que se vuelven amenazadores. Clara está a punto de decirle al empleado que pare la máquina. Quiere salir. Pero éste ha desaparecido, unos ojos aterrorizados de mujer lo buscan sin descanso. Clara ya no es Clara. Es sólo una víctima más que debe ser fagocitada. Se escucha un golpe sordo primero en el retrovisor, el cilindro se está acercando. El gran tubo secador se desploma encima de su coche convirtiendo la luna delantera en mil islas de cristal. Ve la puerta del conductor que se arruga y se acerca a sus costillas. Los restos del tubo descolgado golpean en el techo, una, dos, tres veces, hasta que consiguen agujerearlo. Clara gira la cabeza hacia la parte trasera del coche que aún no ha sufrido daños. Extiende un brazo y se aferra con desesperación a la silla de su hijo. Por primera vez desde que nació Pablo, Clara se siente feliz de haberle dado la razón a la abuela Paula. En esta ocasión, su falta de personalidad y carácter han salvado la vida de su hijo. “Abuela y nieto juegan felices en el parque“, piensa Clara. Instantes después el rodillo le rompe las costillas y todo se vuelve negro y eterno.

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