Berta, rubia, de 15 años, ojos del color del mar en un día claro, solo se dedica a pensar en el vecino y se olvida de los estudios. El chico que vive en la puerta de al lado la trae de calle; él trabaja en un taller de mecánica, pero Berta controla la hora en que llega, sabe que cuando entra en su casa después del trabajo, todo sucio y manchado de grasa, lo primero que hace es ir al baño. Ella sabe que desde su ventana puede verlo. No, no es que lo ve desnudo, pero cuando él termina de asearse, siempre se asoma y allí está ella, esperándole.
Carlos asoma su brazo estirado y Berta el suyo, los dos se rozan los dedos, casi sin tocarse, pero se rozan, es lo único que a Berta le apetece, estar con él y esperar a que él termine de arreglarse para salir a dar un paseo los dos juntos.
Han pasado varios años, Carlos se marchó a trabajar fuera y ella terminó sus estudios.
En la finca donde vivían, ahora hay un parque, con bellos árboles y aromáticas flores, niños jugando en los columpios y los abuelos cuidando de ellos.
Berta aún recuerda cuando paseaban por la calle que ahora no existe, pero en su memoria, todavía permanece aquel joven; no ha vuelto a saber de él y aunque está felizmente casada, continúa recordando aquellas dos ventanas.