“Quietas, dormidas están,
las treinta, redondas, blancas.
Entre todas
sostienen el mundo…”
Underwood girls. Pedro Salinas.
Desde que entró en mi casa ocupó un lugar preferente llegando a reinar y a tomar el dominio del salón principal de la vivienda a los pocos días de su entrada. Llegó en una caja descansando entre los fuertes brazos de mi amigo Juan como regalo a mi esposa en agradecimiento a un gran favor laboral que milagrosamente le salvó el cuello. Ignoro si la consiguió por la quiebra de una tienda de antigüedades o a través de la subasta de los bienes embargados de alguna casa de ricos venidos a menos. Si bien es cierto que la recuerdo fuerte, poderosa y elegante durante la primera semana que usurpó el resto de decoración de mi salón. Cuando mis amigos o familiares venían de visita, lo primero que hacían nada más invadir mi espacio privado era acariciarla muy despacio, pasaban los dedos por cada una de sus teclas como intentando arrancar los secretos que había escrito en otra época.
La vieja máquina de escribir Underwood de finales del siglo XIX llegó a mis manos sin yo buscarla, más bien fue al contrario: fue ella la que me buscó a mí. Al día siguiente de haberla recibido mi esposa le procuró el mejor lugar de todo el salón desde donde lanzaba guiños y coqueteos a todo visitante que se dignara mirar su porte. De un negro borroso, sus teclas doradas y redondas remitían con profundidad elegida al resplandor de otro tiempo. Como también profundos y con algo de niebla alrededor eran los caracteres que imprimía. La cinta bicolor roja y negra tampoco perdía su protagonismo tensa y desafiante entre los dos carretes. En la parte posterior de la Underwood figuraba una sucesión de fechas desde febrero de 1896 hasta marzo de 1911 impresas en el mismo dorado borroso y apagado que el resto. Aún ahora que ha pasado tanto tiempo después de aquello y aún después de haberme desembarazado de ella cierro los ojos y la veo: triunfante, tétrica, dominadora.
Mi obsesión por la vieja Underwood llegó a tal extremo que un mes después de que entrara en nuestro hogar le pedí encarecidamente a mi esposa que la regalase. Me pasaba horas contemplándola, limpiándola y dándole todo lujo de cuidados para conservar una joya con la que renombrados escritores habrían construido sus mundos paralelos. No dormía intentando averiguar a quién podría haber pertenecido antes y qué historias habrían inventado sus teclas. La imaginaba sola como un ente independiente al que no se podían dar órdenes.
Un día quise pulsar aleatoriamente algunas teclas para comprobar si aún funcionaba correctamente pero mis dedos no obedecieron a mi cerebro y los caracteres que se imprimieron fueron otros distintos a los que yo había marcado. Ella me los había dictado. Puedo asegurar que de mi cerebro no habían salido en absoluto. Me levanté impulsado por el resorte del miedo : algo se estaba apoderando de mi voluntad, una obsesión que no dominaba. Las teclas daban órdenes a mi cerebro intentando que mis dedos formaran palabras que yo no quería escribir. Aunque esto pueda parecer increíble así fue como lo viví y lo sentí en mi carne. Recuerdo que eso sucedió algunas veces más. Hubo otros dictados. Yo intenté evitarlo desde que presentí que un serio peligro nos estaba acechando a mi esposa y a mí. A partir de aquí mis recuerdos se sumergen en una espesa niebla, pero haré un esfuerzo por aclarar lo ocurrido. Contrariamente a mis costumbres desde que la vieja Underwood nº5 entró en mi hogar ,esa noche subí a dormir temprano. Mantuve una fuerte y acalorada discusión con mi esposa por culpa del viejo artilugio. Mi mujer se negaba en redondo a deshacerse de la máquina alegando que era perfecta para la decoración de nuestro salón, que aportaba clase y prestigio y que cualquier anticuario ofrecería una suma de dinero más que considerable sólo por poder mostrarla a sus clientes. “Posee algo mágico y debemos conservarla siempre con nosotros” me dijo cariñosa y firmemente convencida. Yo estaba asustado, nervioso y comencé a gritar como un loco. Deseaba escapar de sus designios y no me sentí culpable por insultar o amenazar a mi mujer si con ello conseguía apartar la vieja máquina de mi vida para siempre. Esa noche recuerdo que mi mujer me reprendió severamente y abandonó el salón én dónde nos hallábamos para subir al primer piso de la vivienda en dónde se hallaba nuestro dormitorio. Yo subí tras ella con un solo objetivo: apartar mi mirada y mi espíritu de la vieja Underwood. Mi único propósito era huir del destino. Yo sólo quería crear un espacio dentro de mi hogar en el que me hallara a salvo de su maligna influencia ya que mi mujer se opuso tan seriamente a deshacerse de ella. Lo último que recuerdo es la frialdad del mármol mientras subía las escaleras, una frialdad dulce y aliviadora que penetraba a bandazos por mi mente. Lo demás ya lo sabe el Sr. Juez y los señores del Jurado, pero lo vuelvo a relatar para regocijo de los aquí presentes. Al día siguiente unos agentes forzaron la puerta de entrada de mi vivienda puesto que no respondía a sus insistentes llamadas. Recuerdo la presencia chillona y húmeda de la sangre y recuerdo a mi mujer que yacía muerta en la alfombra a los pies de la enorme chimenea. Sobre el carrete de la vieja Underwood, en un aprisionado folio amarillento por el paso del tiempo un único mensaje figuraba escrito en caracteres difusos, inestables: Tu mujer debe morir.